Fue T.S. Eliot, uno de los poetas más grandes del siglo XX, quien en Asesinato en la Catedral puso en boca de Tomás Becket una frase, “el ser humano no soporta demasiada realidad”, tan concisa como profunda. Siete palabras que esconden una sencilla explicación de teorías y escuelas pasadas y presentes. Los absolutistas, los ilustrados radicales, Engels y Marx, Feuerbach, Nietzsche, Darwin, Malthus, Freud, la Bauhaus, los surrealistas, Le Corbusier, Picasso, Foucault, Sartre y Beauvoir, Warhol y su Pop Art, los curas marxistas de la Teología de la Liberación, los anarcocapitalistas de Ayn Rand, y tantos otros pensadores, reformistas, economistas, artistas y filósofos; todos ellos, decía, no soportaron “demasiada realidad”.
Todos proyectaron sobre sus teorías, conscientemente o no, sus dudas, cuando no sus miedos, creando sus propios esquemas. Que son sectarios, porque se sustentan únicamente bajo una armazón ideológica predeterminada. Aparentemente necesarios, porque aportan todas las respuestas a las preguntas que cualquiera pueda hacerse, excepto a las más importantes, que son las que dan el sentido último a la existencia. Y erróneos, porque ninguno de ellos -¡ninguno!- tiene como fundamento la naturaleza humana al completo, sino que tomando una parte determinada, construyeron un todo indecente.
Pero ¿qué tiene la realidad que tanto nos asusta? La realidad posee, por encima de todo, la capacidad de mostrarnos con toda claridad –a veces, incluso, descarnadamente- nuestra naturaleza caída. Vemos, entonces, desde una óptica humana, nuestro rostro desfigurado, muy lejos de aquella imagen que guardábamos en nuestro interior. La realidad nos sitúa frente al abismo que separa lo que somos de lo que creíamos ser. También de lo que nos gustaría ser. Ese vacío inmenso es lo que muchos han intentado solucionar. Unos ignorándolo, otros procurando dar un salto por encima e incluso algunos despreciándolo como falso. En cualquier caso, la grieta es el motor de sus esfuerzos.
Ese abismo, y su proyección en la sociedad, es a lo que el arzobispo se refería al hablar de “demasiada realidad”. Precisamente eso que hace enloquecer a muchos hombres.







Un sentimiento enfrentado pervive en Estados Unidos desde hace varios años. Es quizá la parte más visible de un torrente subterráneo que amenaza con cambiar, si no destruir, la manera tan típicamente americana de ser y estar en el mundo.
Si algo está demostrando la crisis es que en tiempos de turbulencia los votantes prefieren permanecer en brazos de gobiernos liberal-conservadores antes que socialdemócratas. Comúnmente, estos últimos son percibidos como ese amigo enrollado que siempre invita a copas con tarjeta de crédito ajena. En el imaginario colectivo se sitúan en las antípodas de la austeridad. Por el contrario, los conservadores mantienen una reputación seria y laboriosa –torpemente confundida a veces con inmovilista- que favorece un clima propicio para el afianzamiento y progreso económico. Quizá por ello, en Europa apenas restan gobiernos de izquierdas o progresistas, amén de la excepción ibérica (España y Portugal), que probablemente deje de serlo en un breve periodo de tiempo.