El camino que está recorriendo el Reino Unido es de obligado paso para el resto de países de Europa si, y sólo si, no quieren enfilar la senda que les lleve a una pérdida irremediable de influencia y peso específico.
No obstante, estas medidas son tan impopulares que casi ningún gobierno o gobernante se atreve ni tan siquiera a plantearlas. No olvidemos que Cameron y Clegg no han cumplido un año en el poder y ya han sido objeto de numerosas protestas e incluso disturbios por sectores que les apoyaron en las elecciones. El cincel, de toda la vida, duele. En España, por ejemplo, el gabinete de Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a implementar las medidas tan sólo después de una fortísima y definitiva presión internacional. Hasta tal punto llega el pánico a la pérdida de votos que la oposición del Partido Popular, teóricamente liberal, no ha perdido el tiempo ni ocasión alguna en criticar al Gobierno por tales reformas.
Resulta complicado cambiar la mentalidad de millones de personas, que de manera continuada y a cambio de pequeñas cesiones de su libertad, se han dejado embaucar por ciertos cantos de sirena desde hace ya muchas décadas. Esta es quizá la parte más trágica que escondía Europa y que las crisis ha destapado: que estábamos vendidos y complacidos en el Estado. Lo bueno es que ahora podemos volver a plantearnos cuál es, como ciudadanos, nuestro papel y cuál es el del Estado. Lo malo es que parece que no queremos.



Un sentimiento enfrentado pervive en Estados Unidos desde hace varios años. Es quizá la parte más visible de un torrente subterráneo que amenaza con cambiar, si no destruir, la manera tan típicamente americana de ser y estar en el mundo.
Si algo está demostrando la crisis es que en tiempos de turbulencia los votantes prefieren permanecer en brazos de gobiernos liberal-conservadores antes que socialdemócratas. Comúnmente, estos últimos son percibidos como ese amigo enrollado que siempre invita a copas con tarjeta de crédito ajena. En el imaginario colectivo se sitúan en las antípodas de la austeridad. Por el contrario, los conservadores mantienen una reputación seria y laboriosa –torpemente confundida a veces con inmovilista- que favorece un clima propicio para el afianzamiento y progreso económico. Quizá por ello, en Europa apenas restan gobiernos de izquierdas o progresistas, amén de la excepción ibérica (España y Portugal), que probablemente deje de serlo en un breve periodo de tiempo.